Este jueves mis hijos se gradúan. Terminan Primaria y pasan a la ESO. Y, sinceramente, tengo el cuerpo cortado. Se ha montado un despliegue digno de una universidad de las que aparecen en las películas: birretes, diplomas, orlas, discursos lacrimógenos y trajes que probablemente se van a usar una sola vez. ¿En qué momento cruzar la puerta de un instituto se convirtió en un hito que requiere alfombra roja?

Hemos importado una costumbre que, a mi juicio, no responde a las necesidades de los chavales, sino a las carencias de los adultos. A los 12 años, lo que un niño siente ante el paso a la ESO es vértigo, incertidumbre y, a veces, miedo a dejar de ser el «mayor» del colegio para volver a ser el pequeño en un centro más grande. Y no es fácil volver a ser el pequeño después de años luchando por ser el mayor. Disfrazar ese proceso natural de transición con una fiesta hollywoodiense es desviar el foco de lo que de verdad importa, es camuflar las cosas, como se hace en multitud de ocasiones.
Esto está montado por y para las madres y los padres o, en su defecto, para aquellos niños/as a los que les hemos repetido tantas veces estos conceptos que al final se lo han creído; es el escaparate perfecto para el orgullo mal gestionado y la foto de rigor en redes sociales. Es el escaparate perfecto para los padres y madres «guays».
Perdonad si alguno/a os sentís ofendidos/as, pero no estoy aquí para hablar de vosotros/as sino de las consecuencias para los niños/as.
Cambiar la presencia por dinero malgastado
Como padres, cargamos con una culpa silenciosa. Queremos compensar la falta de tiempo, el cansancio diario o el miedo a que nuestros hijos no «encajen» haciendo que cada evento sea descomunal. Nos convertimos en proveedores de eventos como el que va a una agencia de viajes a comprar un viaje a Disneyland. Creemos que si no les organizamos la graduación perfecta, les estamos fallando o restando importancia a su esfuerzo. Y no es así.
El verdadero logro de terminar la Primaria no es un diploma de cartulina; es la madurez que han adquirido, las frustraciones que han aprendido a gestionar y el soporte emocional que les hemos dado en casa cuando las cosas se ponían difíciles. Eso no se mide en aplausos en un salón de actos.
Nos estamos olvidando de la importancia de la presencia y la estamos cambiando por dinero malgastado. Nuestros niños/as no quieren grandes fiestas, quieren que estemos ahí, en el día a día. Quieren su espacio, su libertad, que los comprendamos e incluso en muchas ocasiones nos contestarán mal y parecerá que nos odian, pero aún con todo, ellos quieren que estemos ahí, al otro lado de la puerta. Necesitan saber que estamos. No necesitan que estemos físicamente montando fiestas, cumpleaños o vacaciones para ellos (aunque no lo van a rechazar, obviamente); lo que necesitan de verdad es que los acompañemos en el camino real, ese que es duro, que da miedo. El camino de las fiestas es fácil, no tiene mérito ni importancia.
Celebraciones vacías y el cuidado de la apariencia
El paso a la ESO es un cambio vital importante que suele abrir brechas y tensiones en la relación con los hijos. Necesitan acompañamiento real, escucha y límites claros, no una fiesta de graduación que maquille el estrés del cambio. Y si se hace esa fiesta, ha de realizarse desde el apoyo, el acompañamiento, el valorar el trabajo que están haciendo y que van a tener que hacer, no desde la apariencia ni los birretes.
He visto muchas propuestas para esta graduación: que si adornar con globos, que si regalos a los profesores, música y dj, menús de 12 euros por persona, etc. Todo ello se traduce en una sola cosa: dinero. Pero no he visto propuestas de juegos en grupo entre padres/madres e hijos, o que cada familia participe llevando algo de su casa que realmente valoren y sea suyo para compartir con la comunidad… en definitiva, cosas en común que no se hagan con dinero únicamente y que también tengan algo de alma.
Me apena la deriva a la que esta sociedad nos está llevando y me preocupa cuando estos chicos/as, ya preadolescentes a puntito de llegar a la adolescencia, se tengan que enfrentar con la dura realidad y lo que hayan encontrado hasta entonces haya sido celebraciones vacías. Me preocupa que los adolescentes estén más preocupados por lo que piensen los demás o su familia que por lo que ellos realmente quieren llegar a ser. Este tipo de celebraciones o, mejor dicho, la forma en la que las estamos enfocando, son en parte culpables de ese cuidado por la apariencia y no por la persona que hay detrás.
¿Construimos un puente de comunicación?
Si te sientes identificado con este texto y sientes que esta nueva etapa con tus hijos te desborda, o si la comunicación en casa empieza a parecerse más a un campo de batalla que a un hogar, no tienes que transitarlo a ciegas. Puedo ayudarte y enseñarte a acompañar a tu hijo/a en este camino tan importante.
¿Hablamos? Agenda una sesión de valoración conmigo en el 616 38 60 75 y busquemos juntos la forma de construir puentes de comunicación sólidos para este nuevo ciclo escolar, esta nueva etapa en la vida.

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